Durante este tiempo litúrgico hay un símbolo que nos acompaña cada domingo: la Corona de Adviento. Aunque de origen pagano, la Iglesia la adoptó como mensaje anunciador de la Venida de Cristo.


Su forma circular recuerda el amor inagotable de Dios y su realidad infinita. Este amor de Dios a los hombres no acaba nunca, y también ha de serlo recíprocamente. Además, siguiendo el mandamiento que Cristo nos dejó, ese amor debe manifestar a nuestros hermanos y ser todos uno.

La Corona de Adviento está formada por ramas verdes. Estas ramas, generalmente de hoja perenne, representan la esperanza y la vida que encontramos en Jesús.

Sobre ella, se sitúan cuatro velas, generalmente tres moradas y una rosa. Y es que, si por algo se caracteriza la Corona de Adviento, es por ser un símbolo de luz. Cada vez que nos acercamos más a Dios, hay más luz en nuestra vida, por eso cada domingo encendemos una vela, para que, el que es “Luz del Mundo”, ilumine con su presencia nuestra vida.

Una de esas cuatro velas es rosa. El morado en la liturgia representa la vigilia, pero el rosa es símbolo de alegría. Esa vela se enciende el Tercer Domingo de Adviento o de “Gaudete”. Este domingo significa un alto en el camino. Durante todo el Adviento los cristianos esperamos la nueva Venida del Salvador, y para ello tomamos una actitud de alerta, vigilante. Pero el Tercer Domingo reflexionamos sobre el hecho mismo del Nacimiento del Niño Jesús. Por eso nos regocijamos, nos alegramos, (“gaudete” en latín significa “alegraos”).

Lo que nuestra aventurera Mara encuentra en el bosque es esta vela rosada, que se encenderá este tercer domingo porque pronto nacerá el Redentor.
 

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